Pregunta para mi familia:
¿Os acordáis cuando decía muy convencida que traerme una maleta pequeña tenía entre otras muchas ventajas la de que no me quedaría más remedio que controlarme un poco con las compras? Mientras miro el pegote de plástico quemado que era antes mi tarjeta de crédito, reflexiono y me doy cuenta de cuan fácilmente nos engañamos a nosotros mismos.
En fin.
Escribir en el blog después de un duro día de pateo es una ardua tarea, y por eso la he ido evitando. Pero como con tantas otras cosas, otra aún más pesada ha hecho que ésta en comparación parezca apetecible. ¿Y cuál es ese trabajo titánico que me ha vuelto de nuevo hacia mi olvidado blog? Pues ponerme a jugar al tetris con mi minimaleta y la mochila, combinándolo con el bolso king size que me compré ayer, a ver cómo encajo todo lo que me he comprado para poder irme pasado mañana. La verdad, me estresa y me deprime a partes iguales (sobre todo al pensar que
voy a tener que cargarlo todo hasta el puto aeropuerto), así que siguiendo una tradición muy arraigada en mí, voy a posponerlo hasta el último minuto. De todos modos, no puedo hacer el equipaje definitivamente porque aún no me he comprado las Adidas último modelo que llevo días deseando....--->soy lo peor, ¿sí o no?
Nos habíamos quedado en el Paleozoico más o menos, en los días en que rondábamos Su y yo por la sagrada isla de Miyajima sin ninguna preocupación maletil (para eso teníamos a un buen mozo que nos acarreaba los trastos). Os había hablado del súper baño al aire libre y de nuestra habitación lujuriosa. Una señal clara del lujo que nos rodeaba (aparte del tamaño ridículo del cuarto y del recibimiento real) eran los jaboncitos y demás mandangas que teníamos en el lavabo. Nada de marcas blancas, no, para bañarnos teníamos productos de l'Occitane y para limpiarnos la carita y las manos una espuma de Shiseido que no veas. El yukata que nos habían dejado en la habitación era chulísimo y venía acompañado de una chaqueta preciossssssa que despertó mi codicia de inmediato pero que (al contrario que otras vestimentas mucho más feas) no fue incluida en nuestro equipaje, por el complejo pobril del que os hablaba y porque, francamente, la tela buena abulta un huevo en la maleta. El caso es que tras nuestra siesta y nuestras abluciones en el baño interior y en el exterior, eran casi las 7 y tocaba ya cenar, y el tema yukata nos creó cierta ansiedad. Al llegar al ryokan, nos enteramos de que no nos servirían la cena en la habitación como es habitual, sino que nos señalaron una puerta que daba claramente a un comedor. Así que dicha ansiedad se basaba en una terrible duda : ¿Bajar a cenar con yukata o sin él? ¿cómo iría la gente vestida en el comedor? ¿haríamos el pena si íbamos vestidas de "normal"? yo sé que los japoneses nada más entrar en un ryokan se ponen el yukata y no se lo quitan ni para dormir, pero no estaba segura de qué hacer. Al final pasamos y bajamos vestidas a lo occidental. Total, si lo llego a saber no me preocupo tanto. No sirven la cena en la habitación, pero la puerta tampoco da a un comedor. Da a una serie de reservados donde te sirven la cena en privado, para que no tengas que ver a nadie, y con un camarero a tu entera disposición. Cómo mola el lujo nen. Así que sin problemas, igual daba que hubiéramos bajado vestidas de Ronald MacDonald, nos habrían tratado con la misma reverencia. Dicho lo cual paso a la cena en sí, la cual constó de unos 13 platos, más o menos.
Primero nos trajeron unos aperitivos, los cuales consistían entre otras cosas en un pescaíto y una gamba fritos, un dado de tofu en caldo (muy bueno) y otras cosas que no recuerdo, además de una copita de licor de ciruela para abrir el estómago.
Mientras me atacaba la gamba, nos trajeron el siguiente plato : sopa calentica con setas y demás cosas ricas. (Nota: ojo a las siguientes fotos en las que aparezco. ¿Veis qué esponjoso y maravilloso me dejaron el pelo los productos caros? si es que ser pobre da puto asco)
Lo siguiente fue un platazo de sashimi de los que hacen historia. Atención a la presentación, que hasta pusieron hielo seco para que echara humillo. Precioso y muy rico todo. El camarero, que era un encanto, nos explicó todo lo que llevaba la bandeja. Lo único que no me gustó mucho fue el caracol gigante, que no estaba malo pero sí duro de cohones. Véase también el detalle del wasabi (extremo inferior derecho). Te ponen el trocico de rábano y te lo rallas tú mismo. Más fresco imposible.
Más verdura en sopica y un plato de tu elección (el menú es fijo excepto en dos platos que puedes elegir de entre dos opciones). El primero se trata de un shabu shabu de carne o pescado. Yo elegí pescado. Te traen el pescado cortado fino, la verdura y los fideos y un bol con caldo, el cual calientan hasta hervir encendiendo una vela de parafina. Cuando hierve cocinas los ingredientes a tu gusto. Estaba todo muy rico y el caldo que queda luego no veas qué gustoso.
Pescado a la parrila con ostras. El pescado estaba delicioso. No sólo este plato, todo el pescado que nos sirvieron estaba tan fresco que se derretía literalmente en cuanto te lo metías en la boca. Yo tenía ganas de probar las ostras, porque tanto las de Hiroshima como las de Miyajima tienen mucha fama, pero no me las sirvieron rebozadas como yo esperaba, sino con este pescado, a la plancha o hervidas, no sé. El caso es que de repente tenía frente a mí dos ostracas gigantes despidiendo un olor a puerto que no veas (papá, a ti te habrían encantado). Me comí la primera y os juro que me costó mucho esfuerzo y más cerveza tragármela. Es que de verdad que eran muy grandes, y preparadas así sin nada para disimular su condición de bicho baboso, pues como que eran duras de roer. Como Su no podía comer nada sólido (se fastidió un diente nada más llegar la pobre) me comí la mía y la suya. Y os preguntaréis : Una vale, pero ¿por qué narices te comiste la otra? Pues porque es el producto local y me daba cosica dejarlas allí (complejo de pobre agaiiiin). Mal empleadas, mejor hubiera sido servírselas a alguien que las apreciara, porque me imagino que debían ser excelentes (Además tuve su regusto en la boca toda la noche, y no se me fue ni jincándome una lata de birra gigante,aix...)
Esto es tempura de gambas en sopa. Muy muy bueno.
El segundo plato de tu elección es carne o pescado a la piedra. Yo elegí carne, y me trajeron tres trozos de bistec de Hiroshima (no de Kobe, pagamos una pasta pero no tanto) con tres salsas para mojar y un pedrolo ardiente. La carne es muy buena, con muchísimas vetas de grasa, de modo que al hacerla a la piedra se derrite toda y parece que comas una panceta buenísima. Las tres salsas eran sal de la isla, vinagreta y otra que no recuerdo pero puede que fuera algo con soja. No sé, yo en cuanto probé la vinagreta olvidé las demás.
En sustitución de la carne, a Su le trajeron un consomé japonés que tenía muy buena pinta.
El siguiente plato era una ensalada de abalón servida en su concha. Se supone que es una delicatessen, pero servido en crudo es durico como el caracol.
Y para terminar te traen el arroz blanco ( flipas, te lo traen cuando ya estás a reventar -_-U ) con una serie de encurtidos y unos pescaítos secos para poner por encima (muy rico,me encantan los pobres mini- pescaítos). Y también llegó una sopa de miso con verduras riquísima.
Este es el recipiente donde te traen el arroz. Viene tapado con esta especie de taburete de madera.
Y de postre fruta fresca...
Y té verde hirviendo.
En resumen fue una cenaza, todo muy muy bueno, fresquísimo y servido con mucho gusto y un trato excelente. Como os he comentado, el camarero estuvo todo el rato muy atento y cada vez que traía un plato perdía unos minutos en explicarnos en qué consistía cada cosa y cómo se tenía que comer.
Y después de llenarnos el buche ( más yo que Susana, todo hay que confesarlo), nos fuimos a dar un paseo por la isla, a ver la famosa torii y el santuario iluminados.
La verdad es que es precioso de noche, todo tan tranquilo (sin los millones de turistas que hay de día) y con un iluminación que hace que la torii destaque de una manera especial contra el mar negrísimo, y con las luces de la ciudad de fondo. Muy bonito. Después del paseíco, volvimos al ryokan y nos dimos otro baño en nuestro jardincito. Esta vez nos gustó más, es más chulo bañarse de noche con la única iluminación de los focos del jardín, oyendo a los insectos de fondo. (En serio, no sé qué comen los bichos de aquí pero son enormes y hacen unos ruidos extraordinarios).
Esa noche dormimos muy bien. Se me olvidó comentar que, como en todo buen ryokan, al volver de la cena encontramos que habían apartado la mesita y nos habían preparado un par de futones verbeneros para dormir que no veas. Como dormir en una nube. El único problema que estoy teniendo para dormir en este viaje son los cobertores. Esta gente no sabe lo que es una sábana, te ponen unos cobertores estilo nórdico que están muy bien para dormir en invierno, pero yo me aso a fuego lento cada noche. Así acabo, toda destapada y por lo tanto a merced de los mosquitos-vampiro (llevo unas piernas llenas de cropos que me hacen parecer una yonki en horas bajas).
Como no habíamos visto el templo el día anterior decidimos madrugar y verlo a primera hora. La mayoría de templos abren a las 6 de la mañana, así que a las 7 estábamos en la puerta. La recompensa a nuestro afán y nuestro madrugón fue poder ver el templo casi vacío y libre de turistas, y además con la marea subiendo a toda mecha, que es más emocionante y más chulo.
Sí,aquí también hay ciervos salvajes. Y monos, pero son demasiado rápidos para fotografiarlos.
Y después nos volvimos al ryokan, porque teníamos el desayuno a las 8:30. Lo habíamos pedido de estilo occidental, y pensábamos que sería tipo buffette. Craso error.
De izquierda a derecha: zumo de zanahoria, yogurt con mermelada, ensalada de bistec, pomelo y mantequilla con mermelada para untar...
...en este peacho de cesta de bollería.
Sopa de cebolla y bacon, para entonar el estómago.
Y huevos revueltos con salchicha por si te has quedado con hambre. No me extraña que los ryokanes estén llenos a reventar: te ceban que no veas y luego bañito y a descansar. Planazo.
Además nos sirvieron té (con su rodaja de limón) y café. Comimos con hambre (parece mentira, con lo que había tragado la noche anterior) y un poco de prisa, porque el check out era a las 10 y no queríamos retrasarnos : pagar un recargo habría sido ruinoso. Disfrutamos mucho el desayuno, sobre todo porque íbamos mentalizadas de lo que nos esperaba después y queríamos tomar fuerzas. Pero eso será en otro post....