Este es el monumento a los niños de Hiroshima inspirado por Sadako, la niña que creía que haciendo mil grullas de papel se salvaría de la leucemia
La llama de la paz.
El cenotafio donde están inscritos los nombres de todas las víctimas directas e indirectas de la bomba: se actualiza cada año.
Nos pasó una cosa curiosa mientras paseábamos por el parque. Se nos acercaron unas crías de unos 10 o 12 años que nos enseñaron muy respetuosamente un papel escrito en inglés en el cual nos informaban de que estaban haciendo un trabajo escolar y que nos iban a hacer unas preguntas. A continuación, en un inglés bastante chapucerico ( vaaale, eran pequeñicas, pero en fin...será que soy una borde, o igual es que las pobres estaban pasando mucha vergüenza) nos preguntaron de dónde éramos y después nos pidieron señalar nuestro país en un mapa. Y luego nos regalaron una grulla de origami a cada una y, ojo al dato, se hicieron dos o tres fotos con nosotras. La verdad es que eran monísimas y fueron encantadoras. Más tarde nos encontramos a otros grupos del mismo colegio, pero eran todo niños y éstos ni grullas ni fotos ni nada. Ay hijos míos, siendo tan poco detallistas os espera un futuro muy negro con las chicas....pero lo mejor fue que, justo antes de entrar al museo, nos encontramos a otro grupo de crías que directamente iban pidiendo a los guiris que les firmaran en sus cuadernos. A los japoneses eso de hacer el garabato les parece de lo más guay, ellos usan sellos para firmar sus documentos. Así que Su y yo echamos unos cuatro autógrafos cada una del tirón. Nos sentimos como estrellas. Y luego al museo de cabeza.
Todas las guías de viaje avisan de que el museo de la bomba te puede dejar, como diríamos...decaído. Pero el caso es que a mí me dio un bajonazo impresionante. La primera parte no está mal, te explican lo que pasó ese día, como funciona una bomba atómica, qué tipos hay, qué países la tienen, los motivos y el avance de la guerra (con mucha ecuanimidad, hay que decirlo: no adornan para nada el papel de Japón y reconocen las masacres que ellos cometieron), por qué se eligió Hiroshima como objetivo, etc. Luego pasas a una parte más "personal", donde hay reliquias de gente que murió ese día y los días siguientes, como por ejemplo ropa llena de sangre, efectos personales quemados y deformados, restos humanos (uñas caídas de cuajo,agh) y algunas fotos de gente quemada que hielan la sangre. Es una sucesión de drama tras drama, porque todos los restos han sido donados por familiares y todos tienen su nombre, sus apellidos y su historia detrás. Además casi todos son de críos de instituto, porque los habían enviado a hacer trabajos al centro de la ciudad y la explosión los pilló de pleno: cayeron como moscas los pobres. Ese tramo he de confesar que lo pasé igual que veo las pelis de miedo : mirando de reojo los carteles, intentando evitar mirar a las partes más "peligrosas". Debo de ser una blanda del copón, porque era la única allí que lo hacía. El caso es que esa parte del museo la pasé muy rápido, de repente necesitaba salir a que me diera el aire y así lo hice. Fue un alivo salir a la luz del sol y encontrarme otra vez rodeada de cientos de críos de excursión escolar, acosando a los extranjeros despistados. Aún así me entraron unas ganas inmensas de volver a casa y acurrurcarme debajo de mi mantita.
Este es uno de los pocos museos donde se permite hacer fotos. Lástima que a mí no me apeteciera precisamente, pero aún así tengo unas de una maqueta del centro de la ciudad pre y post bomba:
Al cabo de unos minutos salió Su del museo y nos sentamos a charlar un rato, pero tuvimos que huir ante el acoso implacable de los escolares. Tras una parada en un combini en busca de alivio para el espíritu (¡chocolate!) y otra en el hotel para refrescarnos un poco, fuimos a dar una vuelta cortita por el centro. A mí Hiroshima me pareció una ciudad muy vital, pero es tan nueva que parece que le falta un poco de alma. Aunque seguramente mi estado de ánimo haya influido en la impresión que me produjo. Volvimos al hotel, que no sé si he comentado que estaba muy pero que muy bien, e intentamos descansar. Digo intentamos porque nuestra habitación estaba en un piso 12 (¡doce!), y los que me conocen saben que mi vértigo no sabe de límites y supera las barreras del espacio y los tabiques. Elegí la cama más alejada de la ventana e intenté no pensar en todo el espacio vacío que había bajo ella, a la vez que desterraba de mi mente palabras como terremoto, incendio y Rajoy (esta última la destierro de mi mente por defecto). Al final me dormí y hubiera descansado como una bendita de no ser por la sudada que me produjo el puto cobertor. Al día siguiente abandonamos Hiroshima y pusimos rumbo a Kyoto de nuevo...
No hay comentarios:
Publicar un comentario